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Primera tesis:

Todo lo que suele decirse sobre Latinoamérica es falso. Se la supone un continente colorido, pero los colores que predominan a lo largo de su masa son el marrón y el gris. Se la supone un continente erótico, pero quien haya tomado un avión sabe que en cualquier otro lugar del mundo se tira (se coge, se singa) más que en las antiguas colonias de Portugal y España. Se cree, sobre todo, que es una región favorable al individualismo: siguen, seguimos, vislumbrando un lugar cuyo atraso deriva de algo en sí atractivo, la posibilidad de vivir una vida independiente, anárquica, más personal que la tolerada por una sociedad de orden. No es así, como sabemos: si hubiera que juzgar por la cantidad de destinos refulgentes, de personalidades inconfundibles,, el fracaso latinoamericano sería más inapelable aún. La literatura más notable que se hizo en la región es, al contrario, una literatura de la fatalidad, de la imposibilidad de existir como individuo y del imperio del ambiente, la tierra o los mitos. Lo más cercano a un “hombre libre” que hemos sabido narrar es la figura del dictador: el doctor Francia, Aureliano Buendía, Cayo Mierda o Trujillo, como si sólo fuéramos capaces de concebir la autoafirmación sobre la base de una multitud de cabezas pisadas.

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Segunda tesis:

Bolaño, en el preciso lugar espiritual donde la ficción latinoamericana había puesto al dictador o al hombre fuerte, pone al poeta. Al hombre que oye una voz prevista para él, que sólo es capaz de oír, y por seguirla lo sacrifica todo: respetabilidad, confort, la comprensión de los otros. La escalera que lo conduce a ese lugar, a esa soberanía, no es el crimen, sino la aceptación del misterio. Pone así a la libertad. o a una versión posible de ella, al alcance de todos. Bolaño no es sólo el escritor más inventivo y más audaz de su generación: también, curiosamente, es el más democrático.

Tomado de “El viaje salvaje”, Revista Gatopardo n 75.

por: Gonzalo Garcés

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