César Vallejo

Trilce XIV

Cual mi explicación.

Esto me lacera de tempranía.

Esa manera de caminar por los trapecios.

Esos corajosos brutos como postizos.

Esa goma que pega el azogue al adentro.

Esas posaderas sentadas para arriba.

Ese no puede ser, sido.

Absurdo.

Demencia.

Pero he venido de Trujillo a Lima.

Pero gano un sueldo de cinco soles.

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Jorge Eduardo Eielson

GUARDO DE LIMA UNA BOTELLA

Llena de lluvia
Y un puñado de arena
En el pañuelo. A veces recuerdo
La luz de su nublado cielo
Y la acaricio
Como se acaricia una perla
En el bolsillo

Sin título [1994-1998]

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Blanca Varela

Valses

No sé si te amo o te aborrezco
como si hubieras muerto antes de tiempo
o estuvieras naciendo poco a poco
penosamente de la nada siempre.

Porque es terrible comenzar nombrándote
desde el principio ciego de las cosas
con colores con letras y con aire.

Violeta rojo azul amarillo naranja
melancólicamente
esperanzadamente
absurdamente
eternamente.

Una mujer joven y su hija muy pequeña (las recuerdo
perfectamente, la niña tenía un abrigo rojo sucio y pesa-
das botas de goma) me empujaron para ser las primeras
en presenciar el espectáculo.
Yo estaba en Bleeker Street, con un pan italiano bajo el
brazo. Primero escuché sirenas, luego cerraron la calle
que dejé atrás. Alguien se había arrojado por una ventan.
Seguí caminando. No pude evitarlo. Iba cantando.
“Mi noche ya no es noche por lo oscura”

A unos cuantos patos de esa esquina de esa casa, bajo
esa misma ventana alta y negra, la noche anterior ha-
bía comprado salchichas y cebollas. Era una noche muy
fría, tres muchachas tocaban jazz en la acera y un es-
cocés con barba, un escocés auténtico, llevaba por el
talle a una menuda japonesa. Parecían verdaderamente
enamorados.
Esta mañana también era muy fría. Había nieve sucia,
Irreconocible. Un ebrio dormía profundamente, como un
ángel, en la escalera de un sótano. Al lado, en la vitrina
de una tienda de modas, un formidable sol de cartón
sonreía.

Vienes entonces desde mis entrañas
como un negro dulcísimo resplandor
así de golpe.
Un río de colores entre sombras
sombras que me deslumbran
colores que me ciegan
criaturas del alma.

Naces como una mancha voraz en mi pecho
como un trino en el cielo
como un camino desconocido.

Mas luego retrocedes te agazapas
y saltas al vacío
y me dejas al filo del océano
sin sirenas en torno
nada más que el inmundo el bellísimo azul
el inclemente azul
el deseo.

“Juguete del destino”

El negro me dio el alcance.
—Give me a quarter.
—No hablo inglés, no tengo plata.
La palma de su mano extendida era rosada y la
línea de su vida parecía un corte, una cicatriz que
se perdía bajo el puñal deshilachado.
—No entiendo,
—Give me Money… Son of a bitch
Me alejé. Se quedó parado, con las piernas abiertas,
hundidas entre la nieve sucia, maldiciéndome.
Al voltear la esquina encontré la plaza desierta.

“Tú débil hermosura”

Hedores y tristeza
devorando paraísos de arena
sólo este subterráneo perfume
de lamento y guitarras
y el gran dios roedor
y el gran vientre vacío.

(¿Cuál de tus rostros amo
cuál aborrezco?
¿Dónde nací
en qué calle aprendí a dudar
de qué balcón hinchado de miseria
se arrojó la dicha una mañana
dónde aprendí a mentir
a llevar mi nombre de seis letras negras
como un golpe ajeno?)


Había un sol débil en Washington Square, muy débil.
Los árboles parecían alambres retorcidos y luego estira-
dos a la fuerza; como si los hubieran puesto entre dos
vidrios amarillos. Desde lejos me hacían pensar en deli-
cadas columnas vertebrales de insectos. Bonita cosa:
huesos de insectos. El bar que había frente a casa estaba
cerrado con un inmenso candado negro. Me di cuenta de
que era domingo.

Siempre amé lo confieso
tus paredes aladas transparentes
con enredaderas de campanillas
como en Barranco cuando niña
miraba a una pareja besarse bajo un árbol.

Tras la ventana adorada de mi fiebre
mi enfermedad llena de espejos
donde yo era todo a un tiempo
el árbol la caricia
la sombra que ocultaba el rostro de los amantes
y la tarde abriéndose como una fruta otoñal
sobre el acantilado a la izquierda
como para enseñarme que el crepúsculo
llega primero al lado del corazón.

Hogueras en un huerto
donde las horas danzaban sin prisa.
El minuto era eterno.
¡Qué misteriosas voces!
¿Por qué cantaban entonces?

Esperé que cambiara la luz. Ningún auto venía. Sólo un
ciclista pasó cantando muy fuerte, con voz de tenor. Tenía
anteojos, una bufanda roja que flotaba, y la voz salía
como humo de su boca. La escuché hasta que se perdió,
cada vez más delgada y clara, en la larga y estrecha de depósitos clausurados.
La última palabra que escuché fue corazón. Era una
canción de Frank Sinatra.
La plaza continuaba desierta. Miento. Muy lejos, casi
junto al arco, exactamente entre la fuente y el arco, cami-
naba un ciego. Me di cuenta de que era ciego porque
llevaba un bastón blanco y tenía el aire de no ir a ningu-
na parte. Me puse los anteojos para ver bien al ciego.
No me había equivocado, estaba dando vueltas alrede-
dor de la fuente

“En tu recuerdo vivo”

Desde lejos bajo el cielo del alma
donde nacen palabras que el amor ilumina
desde allí acostumbraba a cubrirte de joyas
hiriendo tu invisible descolorido seno
con mis dardos de fuego.

Con qué dulzura apartaba
ese velo de lágrimas ausentes
y descubría tu apretada boca
imaginando tu risa
el alba frente al puerto
las gaviotas tu bienvenida
el sol recién nacido
y los viejos perfumes del mar.

Todo era tuyo en ese cielo
maderas roja sal y un abrazo
de negras cuerdas que el viento rasga sin prisa.
Y peces y estrellas y medusas
y alguna barca con un nombre de niña
y la isla nacida tras el salto del bufeo.

Crucé la calle y sentí que el cielo era más oscuro a mi
derecha. A ese lado las torres eran más altas de Wall Street
parecían dibujadas con carbón, en un solo plano gris
lavado con delicadas manchas amarillas y rosas. Cuestión
de óptica, parecían un decorado de teatro.
Sabía que estaban muy lejos y, sin embargo, me parecía
también que se inclinaban peligrosamente sobre mi
cabeza.
Las puertas de vidrio giraron y reflejaron todo: la plaza,
El sol débil, las torres, el bar cerrado, el semáforo.
— Good morning Mrs Szyszlo.
—Buenos días Joe.
—Nice weather!
— Sí, Joe. Es un lindo día.

Hoy prisionera en tu vértigo gris
dentro de ti
no sé si te amo o si aborrezco
el rosa exangüe de tu carne
tu degollado resplandor
el río de ojos muertos que jamás te posee
su polvorienta melodía de guijarros
el verano de frutas corrompidas
tus llagas sin cubrir
el negro milagro de tu frente
hinchado de vacío
mendiga que me acosas con el corazón en los dientes
acusándome del crimen cometido en sueños.
No sé si te amo o te aborrezco
porque vuelvo
sólo para nombrarte desde adentro
desde este mar sin olas
para llamarte madre sin lágrimas
impúdica
amada a la distancia
remordimiento y caricia
leprosa desdentada
mía

(Blanca Varela: Valses y otras falsas confesiones, 1964-1971)

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