El olor de la guayaba

Uno de los primeros libros de entrevista que leí sobre algún escritor del Boom debe haber sido “El olor de la guayaba”, ese libro de conversaciones entre Gabriel García Márquez y su buen amigo y escritor Plinio Apuleyo Mendoza. El libro originalmente publicado en mayo de 1982 debe de haber sido uno de los más leidos sobre Gabo en la década de los ochentas y, por supuesto, en los noventas (no me atrevo a decir si también lo fue en la década del 2000).  En mis años de escuela secundaria, difícilmente creo haber pensado en dedicarme a la literatura . Y, no, este libro no fue el que me hizo decidir por estudiar literatura, pero sí fue uno de los que me mostró otra cara de lo que significa ser escritor. Es decir, en “El olor de la guayaba”, encontramos un diálogo entre dos amigos y no solo una entrevista a uno de los escritores más emblemáticos de América Latina.

Boom Barral y cia

García Márquez, Vargas Llosa, Barral, Cortázar (1970)

Regreso a este libro unos veinte años más tarde y mi lectura no podría ser la misma de mis años escolares. Tal vez la mayor diferencia radique en darme cuenta (o recordar) de que el libro es publicado meses antes de que García Márquez recibiera el Premio Nóbel de Literatura y escribiera uno de sus mas famosos discursos: “La soledad de América Latina”. Tampoco había publicado dos de sus novelas más importantes después de “Cien Años de Soledad”: “El Amor en los Tiempos del Cólera” (1985) y “El General en su Laberinto”(1989). Por lo tanto, estas conversaciones excluyen esta parte de su obra así como su producción posterior a 1982.

A través de estas conversaciones, nos podemos acercar a la vida del escritor colombiano, su relación con su abuela Doña Tranquilina Iguarán y su abuelo el Coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía en la casa de Aracataca; sus años de periodista en Barranquilla, su matrimonio con Mercedes Barcha en 1958 (el personaje más sorprendente que ha conocido); su obra desde “La Hojarasca” (1955), pasando por el éxito que significó “Cien años de Soledad” (1965) hasta su última novela en ese momento “Crónica de una muerte Anunciada” (1981); su visión sobre la política, el Boom; sus supersticiones y manías (por ejemplo su fuerte creencia en su intuición para saber cuando algo -malo o bueno- ha sucedido), su relación con las mujeres, etc.

Recuerdo que en mis años estudios universitarios siempre se mencionaba una cosa sobre García Márquez: que escribió “Cien Años de Soledad” en dos años, sentado frente a su máquina de escribir, de 9 de la mañana a 3 de la tarde. Algo más? En realidad, no. Se repetía esa frase como una ley para escribir una gran novela. Sin embargo, releer estas conversaciones me recuerda que aunque una novela necesita de la disciplina de la escritura, también necesita de que en esas horas converjan un sinnúmero de experiencia personales, sean familiares o de lecturas, que estructuren la historia que uno desea escribir. García Márquez menciona que es de la conjunción de las historias de la abuela y de la lectura de “La Metamorfosis” que él decide ser escritor. Sin duda, es una revelación que le servirá para explorar la literatura y sus formas narrativas.

Al mismo tiempo, podemos leer sus ideas sobre la novela total que el Boom tanto proclamó como modelo de representación para la sociedad latinoamericana. Su particular posición sobre lo limitante de la novela total así como las exigencias de un grupo de lectores sobre la necesidad de hacer literatura comprometida deberían darnos nuevos ejes para entender las preocupaciones y angustias de los escritores del Boom. Hace unas semanas escribía sobre el libro de Pilar Donoso sobre su padre donde Donoso padre hace un balance de lo que fue la narrativa del Boom. Redescubrir las conversaciones entre Plinio Apuleyo y Gabo y cruzar esa lectura con la de Pilar va mostrando otro rostro de los setentas, de las preocupaciones, sueños miedos y pesadillas, de los escritores de esa época y a nivel personal me llama a releer esas mismas novelas y más que construyeron la narrativa latinoamericana en la segunda mitad del siglo XX.

Pasajes

“De día, el mundo mágico de la abuela me resultaba fascinante, vivía dentro de él, era mi mundo propio. Pero en la noche me causaba terror. Todavía hoy, a veces, cuando estoy durmiendo solo en un hotel de cualquier lugar del mundo, despierto de pronto agitado por ese miedo horrible de estar solo en las tinieblas, y necesito siempre de unos minutos para racionalizarlo y volverme a dormir. El abuelo, en cambio, era para mi la seguridad absoluta dentro del mundo incierto de mi abuela. Solo como él desaparecía la zozobra, y me sentía con los pies sobre la tierra, y bien establecido en la vida real.” (p. 15)

“En otros escritores, creo, un libro nace de una idea, de un concepto. Yo siempre parto de una imagen. “La siesta del martes”, que considero mi mejor cuento, surgió de la visión de una mujer y de una niña vestidas de negro y con un paraguas negro, caminando bajo un sol ardiente en un pueblo desierto. La hojarasca es un viejo que lleva a su nieto a un entierro. El punto de partida de El Coronel no tiene quien le escriba es la imagen de un hombre esperando una lancha en el mercado de Barranquilla. La esperaba con una especie de silenciosa zozobra. Años después yo me encontré en París esperando una carta, quizás un giro, con la misma angustia, y me identifiqué con el recuerdo de aquel hombre.

-Y cual fue la imagen visual que sirvió de punto de partida para Cien Años de Soledad?
– Un viejo que lleva a un niño a conocer el hielo exhibido como curiosidad de circo.” (p. 26-27)

“No hay en mis novelas una línea que no esté basada en la realidad.” (p. 37)

“Quiero que el mundo sea socialista, y creo que tarde o temprano lo será. Pero tengo muchas reservas sobre lo que entre nosotros se dio en llamar literatura comprometida, o más exactamente la novela social, que es el punto culminante de esta literatura, porque me parece que su visión limitada del mundo y de la vida no ha servido, politicamente hablando, de nada. Lejos de apresurar un proceso de toma de conciencia, lo demora. Los latinoamericanos esperan de una novela algo más que la revelación de opresiones e injusticias que conocen de sobra.” (p. 61)

“Macondo, más que un lugar en el mundo, es un estado de ánimo.” (p. 80)

“Mi intención fue siempre la de hacer una síntesis de todos los dictadores latinoamericanos, pero en especial del Caribe. Sin embargo, la personalidad de Juan Vicente Gómez era tan imponente, y además ejercía sobre mí una fascinación tan intensa, que sin duda el Patriarca tiene de él mucho más que de cualquier otro. En todo caso, la imagen mental que yo tengo de ambos es la misma. Lo cual no quiere decir, por supuesto, que él sea el personaje del libro, sino más bien una idealización de su imagen.” (p. 86)

“-Cuál es el personaje más sorprendente que has conocido?
-Mercedes, mi esposa”. (p. 133)

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