Han pasado seis años desde que Victoria Guerrero publicara Ya nadie incendia el mundo (Estruendomudo, 2005) y nueve desde El mar, ese oscuro porvenir (Santo Oficio, 2002), que algunos críticos consideran una trilogía. Si esto fuera cierto, habría que leer estos libros para entender el derrotero poético que emprendió la poeta hace ya casi diez años. Desde El mar a Berlín, sin duda, se puede ver el nacimiento de una palabra que crece y alcanza su plenitud en el libro que ahora comentamos. El mar no es otro lugar que aquel donde “una niña sietemesina […] nace hoy de la axila de su madre’ (‘celebración’, El mar p.15). Ese origen se plasmará en su siguiente libro  en la representación del cuerpo y del espacio histórico peruanos. Es justamente en Ya nadie donde el cuerpo de la mujer y el territorio nacional se hacen uno en su Historia:

a través de una vela observo mi cuerpo
todavía soy demasiado joven
ignoro si mi cuerpo está completo pero sé que es incapaz
de expulsar sangre negruzca y maloliente todos los meses
(continua escasez de agua en todo el territorio 1984-2004)

Ya nadie es un poemario que busca en la corporeidad femenina aquel sujeto que es madre e hija, territorio y nación, lenguaje y poesía, a partir de lo incompleto, lo ausente y lo fragmentario. En esta escritura aparece esa sensación de separación, potenciada por la  vivencia en el extranjero: “ahora que un muro de piedra nos separa de nuestros actos/ aquí/ allá tal vez sea el mismo lugar” (p.35). Esta división es la que se potencia y se solidifica en Berlín en la metáfora del muro. ¿Pero qué es un muro? ¿Qué connotaciones puede establecer entre Lima y Berlín, entre el espacio horizontal de la ciudad y el vertical del muro?

Dividido en cuatro partes, Berlín se propone como un poemario donde Victoria recorre parte de su vida como recorre las ciudades en las que ha transitado/vivido. Así, el primer poema del conjunto ‘Testimonio de parte (victorialand)’ abre con la pregunta sobre la misma identidad: “Me pregunto en qué momento mi nombre fue un puñal atravesado por ocho letras” (p.13). Es desde ese lugar utópico, la tierra de Victoria, donde la poeta se interroga tanto como escritora a la que los críticos piden “la cursilería de andar con el corazón en la boca” (p.14) como sujeto que inquiere a su amante por su semejante incomprensión: “mis sentimientos eran vanos porque venían del fondo y no los podías ver”  (p.13). De esta interrogación por el yo es que la siguiente parte busca dar indicios de esta actual identidad apuñalada.

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Victoria Guerrero (Foto: Archivo personal de la escritora)

‘La división de los Aliados’ con sus seis poemas es el primer recorrido por estas ciudades que van de las calles Lima a las de Boston, de la periferia al centro, de la infancia a la adultez, del matrimonio a la separación, del pasado al presente. Todos estos lugares se nombran a partir de una fundación: el esposo y la esposa. Desde ese instante, el amor como leitmotiv transita los versos como una verdad que se engarza con la fundación de la ciudad de Lima: “18 de Enero de 1535 / Ese día empezó nuestra tragedia”. En esta primera fundación, la relevancia de personajes como el esposo, el padre, el hijo no nacido o la abuela loca son los contrapuntos que revelan una terrible verdad: “Dime si no es inútil esa Fundación / Sin hijos que criar Sin hijos mutilados con cuya sangre regar la Patria” (p.21). En la promesa de esta fundación yacen ya los mismos muros que separan a la pareja: “Tú clase pujante/Yo burguesa de medio pelo. Tú miembro de la cofradía del Niñito/ Yo poemas cursis” (p.28). Esta reescritura de un poema de Juan Ramírez Ruiz, miembro fundador del grupo Hora Zero, nos lanza hacia una lectura mucho más amplia. En los setentas, Hora Zero buscó implementar en su poesía a toda una nueva masa ciudadana migrante que no había tenido voz ni en el espacio social ni el espacio poético peruano. Cuarenta años más tarde, la poesía de Victoria Guerrero propone respuestas a esa comunión de voces que se propusieran décadas antes. La separación del esposo da una primera respuesta a esa primera fundación. “El esposo no existe más” dice Victoria para, líneas más adelante afirmar con una cruda ironía: “Yo quería fundar un mundo más rozagante / para colgarlo en la vitrina de un Mall / Luciría hermosísimo con descuentos y todos” (p.39). Los aliados que soñaron alguna vez con un cambio se han separado y solo queda un centro comercial donde exhibir los restos de ese amor que es un on/off sin dueño.

La tercera parte, ‘El muro/ Die Mauer’ es una vuelta al yo donde se alza silencioso lo que queda del muro de Berlín. Ese lugar es el que separa el “YO de ELLA”. Es también el lugar donde, caída la cortina de hierro, se incursiona en el sector capitalista, solo para encontrar que “la poesía es una dama de compañía” y “Hace buen tiempo que abandonó la militancia y se vende a precios modestos pero dignos” (p.51). O que también en el Perú “tenemos nuestra pequeña Muralla/ El rezago del esplendor limeño encerrado en los bordes de un mundo inesperado” (p.48). Veinte años más tarde de la caída del muro que separaba el bastión comunista del capitalista, Victoria parece decirnos que lo único que queda es vernos reflejados en los grandes ventanales de los centros comerciales, donde suena Lou Reed, o donde los turistas besan el muro “con fruición” mientras llegan noticias de la trágica muerte del poeta Ramírez Ruiz, “enterrado bajo el alias de NN” (p.54). ¿Qué sería la vida, la existencia o la propia identidad sin, parafraseando al poeta Rodrigo Lira, ese tiempo que te separa de la muerte?

Uno podría pensar que Berlín es un poemario pesimista sobre la existencia humana o sobre las posibilidades de la convivencia del sujeto post-ideologías. Aunque mi lectura pareciera indicarlo así, la última parte del libro, sugerentemente llamado ‘Zona de Okupación’ nos propone una afirmación tajante.

Sobre esos aros de una blancura invisible
Se escribió un poema
Se celebró un matrimonio
Se fundó una ciudad

El reconocimiento de lo que se ha hecho aunque antes se haya tenido que “llorar por su caída por su derrota tristísima contra los nuevos tiempos”, permite que el muro y la ciudad se conviertan en otro espacio: el lugar del baile. Como reconoce la poeta frente a la figura del Padre: “Mi baile / Padre / Si he bailado ¿existirá algún paso honesto?” El aprendizaje del baile permite movilizar ese objeto inamovible que es el muro, a la manera cómo, décadas antes, lo hiciera José María Arguedas al hablar de los muros, esos ríos turbios, de las calles de Cusco. Ese movimiento es el que se hace canto esperanzador en el poema ‘El ciclista’, donde a pesar de reconocerse como “una ciclista mediocre” (p.64), la poeta reafirma un espacio, su espacio: “y Berlín ya no es más Berlín ni sus perfectas ciclovías / Ni sus cientos de museos en honor a la muerte / Hoy es Lima y en Lima no se montan bicicletas tan seguido” (p. 65). Esa contundencia es la que permite unificar esa separación inicial con que inicia el poemario, ese aquí/ allá que angustia a quien ha recorrido el mundo solo para regresar al mismo punto y reconocer que su poesía “se ha escrito para el que todavía sueña” y más aún “para todo aquel que se rebela contra los asesinos del mundo”.(p. 67)

Berlín no se agota en esta lectura. Su expresión poética afirma, sin lugar a duda, que nos encontramos frente a un poemario valioso por su actualidad en un mundo cada vez más cercano al consumismo zombie. La reflexión poética de Victoria Guerrero es un llamado a que, frente a los asesinos del mundo, efectivamente empecemos a hacer la contradanza de una nueva forma de revolución.

(Reseña aparecida en el número 37 de Guaraguao. Revista de Cultura Latinoamericana. Otoño 2011)

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