Memorias de la guerra en Perú:

Un niño recorre los Andes peruanos con unos libros, entre ellos Las cinco tesis de Mao. Un niño de 12 años se ha unido a Sendero Luminoso. Un niño que sólo habla quechua y no puede leer en español. Es el año de 1983. La guerra en Perú ha empezado pero no mucha gente no lo sabe… o no lo quiere saber.

Termino de leer “Memorias de un soldado desconocido. Autobiografía y antropología de la violencia” (IEP: 2012) de Lurgio Gavilán Sánchez, libro que narra su vida durante sus años como niño-soldado en las filas de Sendero Luminoso (1983-1985), luego como soldado en el Ejército Peruano (1985- 1993) y como sacerdote de la Orden de los Franciscanos (1995-1998). La cuarta y última parte del libro narra su regreso y viaje por Ayacucho en el año 2007.

Como ya han dicho varios estudios, este libro es importante porque narra la historia de un joven y de su paso por cuatro instituciones modeladores o de subjetivización en el Perú: Sendero Luminoso, el Ejército Peruano, la Iglesia y finalmente la Universidad, en donde decidirá seguir estudios en antropología. “¿Por qué no escribes tu vida?”, le preguntó una profesora en la universidad. De esta manera, es que podemos acceder a la historia de Lurgio, quien apunta en las palabras preliminares al texto: “De ninguna modo busco justificar las atrocidades cometidas por SL y el Ejército Peruano, sólo relato los hechos tal cual ocurrieron” (50). De esta manera, se nos presenta su vida como una concatenación de hechos que nos muestran la complejidad del conflicto armado en el país. Así, podemos conocer la historia del hermano mayor que se ha unido años antes a SL; la de la joven senderista que busca huir porque se ha enamorado de un policía; la fiesta de la yunsa que se desarticula cuando ya no hay ningún padrino que la continúe pues este ha muerto; el hambre, que se igualaría al comunismo (para más datos leer el estudio introductorio de Yorko Castro en el libro); su integración al Ejército; el aprendizaje del castellano; su vida como franciscano y su viaje de retorno a Ayacucho. En este último momento, Lurgio reflexiona sobre lo que ha dejado la guerra: “Entonces la gente era conversadora y cariñosa. Ahora las personas se muestran indiferentes, te miran de pies a cabeza como si fueses algún enemigo, algún bicho extraño.” No es que nada haya cambiado; las relaciones humanas, esa estructura de sentimientos de la que habla Raymond Williams, han cambiado. Lo que el autor concluye, finalmente, es que ni el Estado ni Sendero han hecho los cambios estructurales necesarios que permitirían un país más igualitario y justo. Lo que persiste después de la guerra y del proceso de paz es la precariedad económica. Lo que se ha destruido es la conexión humana.

Lurgio Gavilán Sánchez en el Ejército

El libro propone contar los hechos de una vida con el fin de entender el Perú desde una perspectiva histórica moderna que deje los “fantasmas” del pasado. Y con fantasmas, siguiendo a Lacan, me refiero a las construcciones que se han creado sobre el mundo andino y sobre el conflicto armado en Perú en la década de los ochenta y noventa. En este sentido, es rescatable la reflexión que hace el autor sobre el país: “Todo esto tiene correlación con lo que desde siempre me he preguntado o he perseguido: ¿qué es el Perú? ¿indios sin alma como sostenían los primeros religiosos que llegaban al nuevo mundo? ¿o solamente unos mendigos sentados en bancos de oro como expresó Antonio Raymondi?” (50).

Lurgio Gavilán Sánchez en los dias de franciscano (1997)

La pregunta por la identidad nacional está ligada, en primer lugar, a una esencia religiosa: poseer un alma  significaría ser ‘seres humanos”, específicamente cristianos y católicos. Ese fue el primer dilema en tiempos del Virreynato. El segundo es el problema de la riqueza que enfatiza la República en el siglo XIX: el Perú es un mendigo que no sabe que es rico. Bajo estos dos ejes se ha leído y se ha discutido la nación peruana. Podríamos decir, incluso, que al yuxtaponer ambos nos queda que el Perú es un indio sin alma sentado en un banco de oro, o alguna variante contemporánea de lo mismo. Algunos estarán tentados a afirmar que ese es el país. Obviamente esto es falso.

Me llama la atención una tercera forma de identidad que el autor menciona en su introducción: “A veces creo que somos “hullka” (estar unidos), solamente cuando nuestros futbolistas visten la rojiblanca y hacen gritar de alegría a todo Perú con la palabra gol o cuando una bandera roja o rojiblanca izada en lo alto flamea suplicante” (50) Sobre la unidad nacional en el fútbol (una identidad centrada en la derrota finalmente), se analoga la de la bandera “roja o rojiblanca” que enciende pasiones en los peruanos. Lo que une a la nación es la pasión: la del campeonato de fútbol que no ganamos; la pasión con la que se entierran a los senderistas muertos en Ayacucho con un bandera roja sobre su cuerpo o la que se posee al enterrar a los soldados caídos envueltos en la bandera nacional.

Todo esto me llama a la reflexión sobre desde dónde pensar la peruanidad o lo peruano en el siglo XXI, después del conflicto armado, después de la dictadura de Fujimori y de dos décadas enfrascadas en un modelo neoliberal que ahora ya llaman postneoliberal. Con esto no busco esencialismos del siglo XIX que no ayudan a entender la complejidad de un país como el Perú donde, en el año de 1983, un niño soldado recorría los Andes con un libro de Mao, un libro, como cualquier otro, que no podía leer. Un niño más real que cualquier fantasma, o cualquier pasión.

Citas:

La partida:
“Mañana ya dónde estarás”, me dijo mi padre –un día antes de mi partida a Punku- mirando hacia los cerros solitarios que aparecían azulados a lo lejos en la hora del pantaq pantaq, cuando el cielo infinito en el occidente se tenía de anaranjado con presagio de nostalgia.” (57)

Sobre la Yunsa:
“Los mandos del PCP siempre tumbaban el árbol plantado. Por eso, para el año siguiente no había quien plantara el árbol porque el militante del PCP se iba o se moría.” (70-71)

Sobre la muerte de su hermano:
“Una lanzagranada había destrozado la cabeza de mi hermano. Esa misma tarde lo habían llevado para que lo enterraran envuelto con la bandera roja. Nunca encontré la tumba de mi hermano. Sólo me decían ‘ahí está’”. (76)

Vida en el ejército:
“Dos días después habían desertado tres reclutas. Ese día no durmieron los reclutas porque algunos monitores les habían hecho comer heces en el baño. La queja del maltrato había llegado hasta el comandante. Entonces fue separado de su cargo el cabo monitor que los había hecho comer heces. Al recluta que se quejó lo hemos masacrado y lo hicimos desertar a propósito, avisándole bien que el cuartel era para hombres y no para llorones” (119)

Sobre el sacerdocio:

“Días después llegué a la casa de [Juan Luis] Cipriani en Ayacucho. El señor estaba sentado, con su sotana de franjas violeta, solideo en la cabeza, una cruz grande colgada al pecho y anillo en un dedo. No me dio la mano, sólo me dijo: “Siéntate ahí”. Luego agregó: “Cuéntame tu vida.’. Entonces le dije que estuve en el Ejército. Apenas dije eso cambió de actitud, se puso serio y en posición de acusador. “ ¡Al cuartel vienen las prostitutas!, ¿verdad?” ‘Sí’ le contesté, “No puedes estar en el sacerdocio, hijo”, me dijo al final. Yo dije para mi: si le hubiese contado que estuve en el PCP, ¿qué hubiese dicho este hombre?” (132)

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