Primera Nieve en el Monte Fuji
Yasunari Kawabata
Bogotá: Grupo Editorial Norma. 2003, 238 p.

Uno de los libros que guardo con más cariño en mi biblioteca debe ser Primera Nieve en el Monte Fuji del Premio Nobel Yasunari Kawabata (1889-1972). No recuerdo cuándo exactamente me lo regalaron (tal vez en navidad o tal vez en mi cumpleaños) seguramente alrededor del 2003, es decir en los años antes de dejar Perú para venir a radicar a los Estados Unidos. Siempre he creído que, al menos en mi vida, un libro llega en el momento justo, y no una pero muchas veces. Si bien cuando lo recibí sólo tuve tiempo para leer el primer cuento “En aquel país, en este país”, supe que estaba frente a un escritura muy particular, intimista y precisa sin ser detallista, más preocupada de las intensas y ambiguas relaciones humanas que vivimos en el día a día. Así, Primera Nieve en el Monte Fuji es uno de los pocos libros que se vino a vivir conmigo cuando dejé Lima, que guardo como la amistad que tengo con mi vieja amiga quien me obsequió estas pequeñas historias hace ya más de diez años.

Nueve cuentos y una corta obra teatral son las que componen Fuji no Hatsuyuki (nombre original en japonés). Publicado en 1958 en Japón, nos encontramos frente a un libro de la postguerra: trece años han pasado desde la rendición del país asiático en 1945, trece años desde que se lanzaron las dos bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Alrededor de 74 mil personas murieron en el bombardeo y otro número igual de heridos. Si bien Kawabata no narra directamente la guerra como, por ejemplo, lo hace Haruki Murakami en Kafka en la orilla (2002) o el cineasta Masaki Kobayashi en su trilogía La Condición Humana (1959-1961), sí nos acerca a ella por las historias personales de sus protagonistas, de las mujeres y hombres que habiendo sobrevivido a la guerra han podido reconstruir sus ciudades, sus hogares y finalmente los lazos rotos con los otros pero principalmente con ellos.

De esta manera, entramos en el dilema de Takako, una mujer que engaña a Hirata, su esposo, con el joven estudiante Fujiki, en un Tokio que ha cambiado tanto en quince años que los mismo taxistas no conocen sus calles. Sin embargo, “En aquel país, en este país” no es un relato sobre el adulterio (sería muy desafortunado y plano leerlo así) sino de la complejidad de las relaciones humanas y de los sentimientos: Takako no está enamorada de Fujiki, sino de Chiba el vecino que acaba de contraer matrimonio con la joven Ichiko. “En aquel país, en este país” logra con mínimos elementos adentrarnos en el abismo que separa a la pareja Takako –Hirata, como dos seres que unidos viven en dos países diferentes, donde a las princesas se les acaba el amor, donde las parejas intercambian parejas, donde el amor es un secreto que revela más sobre el que ama que sobre a quién se ama:

“Yo mismo creo que las mujeres somos de temer. Estoy tan arrepentida de lo sucedido que me moriría. Fui yo quien me separé de [Fujiki]. Pero una vez que se ha cometido ese pecado es como si otro yo surgiera dentro de uno mismo, y entonces uno se enamora con más pasión que antes de la otra persona. Da miedo, ¿verdad?” (57)

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En el cuento “Con naturalidad” se nos narra la historia de Uryu Momosuke, un actor que durante los años de la guerra no sólo era un onnagata (un actor que interpreta papeles femeninos) sino una mujer. Para evitar el servicio militar y los horrores de la guerra Uryu asume otra identidad que lo lleva por distintas provincias de Japón: “En tiempos de guerra, la gente se transforma en toda clase de cosas. El destino de cada cual se enloquece” (91). Llama la atención el tema del destino, inalterable e indescifrable para los seres humanos y cómo las circunstancias, como el caso de la guerra, irrumpen alterando y quebrando ese supuesto único destino. ¿Es así? Mientras seguimos leyendo la historia de Uryu, el relato se hace más ambiguo sobre la identidad (sexual y no) del actor: “Yo no sé cómo decirlo, me había convertido en una persona que no existía en Japón, cuya apariencia había desaparecido de este mundo” (86). Sutilmente, Kawabata nos hace reflexionar sobre sí es posible volver de la guerra siendo el mismo, o simplemente siendo, pues otro de los temas del libro es el retorno del pasado, de aquellos sobrevivientes que parecen fantasmas, espectros que han perdido parte de su corporeidad, parte de ese yo o de ese destino que ha enloquecido. Dentro de este tema podemos incluir otros dos cuentos “Sin palabras” y “Lo que su esposo no hacía”, donde el fantasma que se sube a los taxis y el recuerdo de la hija muerta impiden establecer un vínculo con los otros.

Aunque he dejado para el final el cuento que da título a la colección, no estoy seguro de que sea necesariamente el que revele un significado último sobre la totalidad del libro. Los cuentos funcionan como espejos y reflejos de los otros, en la medida que lo que se sugiere en uno, se representa y expande en otro. En todo caso, “Primera nieve en el monte Fuji” engloba muchos de los temas del libro: los fantasmas de la guerra, la relación de pareja, la naturaleza como parte de la esencia humana, el mítico Japón imponente como el monte Fuji.

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En un viaje en tren desde la estación de Shinbashi (Tokio) a la de Hanoke en el sur, Utako y Jiro recuerdan su vida de pareja juntos durante y después de la guerra. Muchos años han pasado sin saber nada uno del otro. Con el miedo de encontrarse uno con el otro. Con la angustia que significaba encontrarse uno con el otro. Utako y Jiro buscan dar sentido a lo que fue su juventud trabajando en una fábrica mientras se bombardeaba la ciudad; mientras daban a su hijo en adopción: el hijo que no sobreviviría a la guerra; y luego su posterior separación y matrimonio con sus respectivas parejas. Así se produce un diálogo que ilumina el oscuro pasado que vivieron:

“Una vez te odié profundamente y otras me eché la culpa de todo. Pero en medio de la vida miserable que llevaban los japoneses de entonces comprendí que lo que estaba haciendo era tenerme lástima a mí mismo, sentir nostalgia de mi juventud. En mitad de semejante horror de guerra yo había tenido una novia llamada Utako. Y estaba aferrado a ella” (142).

Mientras viajan en tren, el último día del verano, la pareja avista la nieve sobre el Fuji, como si la nieve significara el fin de una situación para dar paso al renacimiento de la pareja, de una nueva pareja. “Primera nieve en el monte Fuji” es un viaje por la memoria, por el laberinto de las emociones humanas, de la crueldad a la ternura, de la nostalgia al deseo, del silencio a los gestos, del calor del verano a la búsqueda del abrigo en el otoño:

“Hay un poeta que dice que cuando ha pasado el tiempo y vuelve a cantar la voz de lo que una vez resonó, felicidad y tristeza se funden en una sola canción” (132).

Estos cuentos cantan sutilmente sobre el pasado, ese pasado que regresa tomando diferentes formas, con el que los personajes se han visto enfrentados, al que se han aferrado como único forma de sobrevivencia durante pero también después de la guerra: “Los recuerdos son algo por lo que deberíamos estar agradecidos ¿verdad? No importa en qué situación se meta el ser humano, los recuerdos del pasado son sin duda un don de los dioses” (188). Ese pasado es el que se atisba cuando las hojas han desaparecido de los árboles en un barrio de Tokio (“Una hilera de Ginko”), o en el sonido del agua que acompaña el juego de los niños (“Gotas de lluvia”) en una flor que perpetua renace sobre una tumba (“El crisantemo en la roca”), o en la primera nieve que ha caído sobre el silencioso monte Fuji.

Kawabata menciona en uno de los cuentos que: “En el antiguo Japón no hubo construcciones en piedra ni grandes obras de arte esculpidas en roca. Se ha dicho que este es un signo de la fragilidad de la cultura japonesa” (119). Esa fragilidad de la que están hechas las relaciones humanas es la misma que utiliza Kawabata para tejer cada una de estas historias de Primera nieve en el monte Fuji, libro que todavía, después de diez años, guardo y comparto con el mismo cariño con el que me fue regalado.

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