Los que duermen y otros relatos

Juan Gómez Bárcena
Editorial: Salto de Página. 2012, 125 p.

Decía el poeta T. S Eliot que “La historia tiene muchos pasadizos astutos, pasillos arreglados, y salidas”. Esa parece ser la premisa con la que Juan Gómez Bárcena nos invita a leer  su tercer libro Los que duermen y otros relatos, quince cuentos que son un viaje histórico (literalmente) por el pasado de las civilizaciones, por el futuro tecnológico, por el incierto presente, todos ellos armados desde el antimito, enlazados por el espejo de la memoria, y no desde esa ficción llamada progreso.

Gómez Bárcena nos introduce a una historia del espejismo, del tiempo invertido, del viaje de los hombres que no son tanto crueles como “animales sin experiencia”. Su viaje, aunque parece sólo proyectarse al futuro, en realidad va en dos direcciones (decía Einstein que para ver el futuro sólo había que mirar en dirección a donde íbamos; para ver el pasado sólo mirar de dónde veníamos). Así, la mayoría de cuentos abarcan el tema del viaje. Por ejemplo, el libro abre con la historia del capitán Juan Gómez de Carandía, quien en 1564 anotó en su bitácora que encontró, en su viaje a las Indias, la fabulosa isla de los biroches. En esta tierra desconocida:

“… el Emperador es el único dueño y señor de la lengua biroche, no pudiendo sus súbditos disponer libremente de las palabras sin antes pagar por cada una de ellas un precio convenido. Pues consideran, que de entre todos los patrimonios humanos, es con mucho el lenguaje el más valioso y útil, por lo que consideran que las palabras sean tasadas como una mercancía más, e intercambiadas y vendidas de tal manera que los compradores puedan hacer uso de ellas” (10).

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Otro de los cuentos, “Fábula del tiempo”, nos narra la historia de la joven reina Bandica quien “por amor a un muerto concibió la locura de viajar en el tiempo”. En “La leyenda del rey Aktasar”, se cuenta la historia de los cairas, a quienes los dioses fundadores les dieron, por su fidelidad, una yegua vieja y desdentada que “es capaz de transportar al pasado a quien la cabalga hacia el alba, y al futuro aquel que la dirige al poniente”(22). Las distintas maneras cómo Gómez Bárcenas se acerca al viaje en el tiempo parecen tener una motivación en común: la posibilidad de conocer y cambiar nuestro destino. Así “El mercader de betunes” nos muestra a un Aquiles aterrado por un sueño: los dioses le han mostrado su victoria ante Héctor, pero también su muerte por la flecha del destino. Aterrorizado, Aquiles huye intentando forjar otro destino, muy distinto al que los dioses le tenían preparado. Sin embargo, el destino no se puede cambiar, nos dice Gómez Bárcenas. De una u otra manera, Aquiles matará a Héctor, y de una u otra manera Aquiles también reescribirá su propio destino.

Podríamos decir que Gómez Bárcenas es sólo un buen constructor de historias. Sin embargo, eso sería quedarnos cortos sobre su poética. Gómez Bárcenas está llevando el arte de la ficción al límite. De esta manera, los primeros cuentos anclados en el pasado van adquiriendo un nuevo significado a medida que nos perdemos en las demás historias, en tanto avanzamos en el espejismo del libro. Un ejemplo sencillo es el cuento “Hitler regala una ciudad a los judíos”. Amenazados por una inminente visita de la Cruz Roja al campo de concentración de Theresienstadt, el comandante Karl Rahm tiene la orden de maquillar el campo y convertirlo en una ciudad hermosa donde los prisioneros judíos viven en paz. Eso no significa que la maquinaria nazi haya dejado atrás uno de sus mayores objetivos: el exterminio de los judíos en Alemania. Así, nos encontramos en una situación que refleja la fabulosa tierra de los bariches, donde solo los poderosos tenían acceso al mundo de las palabras, donde los pobres no son dueños ni de lo que sienten:

“Nadie pensaba tampoco en sus sentimientos. Era como si alguien los hubiera robado, junto con las palabras que alguna vez representaron. Si hubiera podido recordar la palabra ‘tristeza‘, tal vez habría descubierto que estaba triste. Si alguien hubiera vuelto a poner ante sus ojos la palabra ‘soledad‘, aunque fuera mecanografiada en la página de un libro, habría comprendido que estaba solo. Pero todas esas palabras habían desaparecido y con ellas la posibilidad de ser sentidas” (81).

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Si los mitos son el conjunto de historias que buscan expresar el origen, los lazos comunitarios o el fin de una civilización, Gómez Bárcena nos enfrenta al antimito, es decir al desmantelamiento de nuestras creencias. En otras palabras, en Los que duermen, la historia como la concebimos actualmente, como un devenir causal del tiempo por las acciones del hombre, es un sueño del que hay que despertar. Esto se nos revela en el cuento “Como si”, una suerte de reflejo de todas las imágenes y poética del libro, vaticinio de nuestros tiempos: “En el principio era el año 2012. Los hombres vivían esperanzados por el pasado sin recordar nada de su futuro” (103). En ese futuro, imagen de nuestro presente, los hombres han hecho o construido muchos artefactos, y han desarrollado varios lenguajes (el de los números, el de las estadísticas, el de los símbolos), pero “nadie sabía qué era ser feliz” (103). Así nos aproximamos a ese futuro desconocido que tanto se parece al presente en el que vivimos: momias de un pasado remoto en constante exhibición, seres humanos criogenizados que despiertan en un no tan distante 2374, unos robots que esperan la segunda llegada de su creador: el hombre.

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En este sentido, el otro gran tema del libro es el problema de la Historia (esa otra ficción), donde los objetos se acumulan en el tiempo pero han dejado de tener sentido, donde las múltiples filosofías no han podido explicar nada de la humanidad, y los hombres ⎯esos animales sin experiencia⎯ siguen viajando sin poder entender ni despertar de la pesadilla que ellos mismos han construido. No por nada, Gómez Bárcena menciona al crítico Walter Benjamin, famoso entre otros escritos por su Tesis sobre la Filosofía de la Historia. Si bien Benjamin propone que los objetos son un documento de la civilización y de la barbarie, habría que agregar que también lo son del sueño y de la pesadilla, de la ficción y de la realidad, de la memoria pero también del olvido.  Como bien afirma Benjamin en su tesis VI sobre la Historia: “Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo ‘tal y como verdaderamente ha sido’. Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro”. Los quince relatos que nos ofrece este libro buscan ser puertas, pasadizos, donde, tal vez, alguno sea una salida o alguno nos ilumine para despertar de ese sueño de los justos en el que vivimos.

Otras citas:

“… el ángel de la Historia […] repara las injusticias del pasado, trae hasta el presenta la memoria de los vencidos.” (91)

“Y yo empleo los minutos vacíos en contarle un pasado, en construir una verdad que sea cualquier verdad, pues todas valen lo mismo y hace mucho que olvidé cuál era la nuestra”. (95)

“Necesito contar por una vez la verdad, porque he maquillado el pasado tantas veces que es como si ya no tuviéramos ninguno, o por el contrario tuviéramos cualquiera”. (99)

“Conocían el modo de poner en órbita un satélite pero jamás de habían preguntado algo inútil o hermoso: eran ignorantes de todas aquellas cosas que no pueden explicarse con fórmulas. Ninguna ecuación bastaba para explicar la belleza de una noche estrellada y, en consecuencia, nadie admiraba las noches ni las estrellas”. (104)

“Instante a instante fue el curso del tiempo. Fueron los eslabones de los días y los años; fue la Historia. Fue la vida rebobinándose como un carrete viejo, como una película que ya se ha visto y apenas nos sorprende. Fue el año 2011 y más tarde el 2010 y el 2009. Fueron miles de efectos, rigurosamente responsables de otros tantos miles de causas” (104)

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