“When the emperor was divine” (2002)

“The Buddha in the Attic” (2012)
Julie Ostuka
Alfred Knopf 129 p.

“Esa tarde, ella encendió una hoguera en el jardín y quemó todas las cartas de Kagoshima. Quemó las fotografías de la familia y los tres kimonos de seda que había traído consigo de Japón tres años antes. Quemó los discos de opera japoneses. Rompió en pedazos la bandera del sol naciente. Destrozó el set de té y los platos Imari y retrato enmarcado del tío del niño quien había sido general al servicio del Emperador. Destrozó el ábaco y lo arrojó en las llamas. ‘Desde ahora’, dijo, ‘contaremos con los dedos’”(traducción mía, 75).

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En el inhóspito desierto de Utah, una familia japonesa- americana tiene que enfrentarse a la guerra (a la Segunda Guerra Mundial) que, aunque se pelea a miles de kilómetros de ellos, también se peleó dentro del territorio estadounidense. Tomando la historia familiar como base, la japonesa- norteamericana, Julie Otsuka publicó su primera novela “When the Emperor Was Divine” (2002). La historia personal se basa en la historia de su abuela y su madre quienes vivieron en Utah dentro de los campos de concentración que los Estados Unidos construyó para los enemigos del país.

Con la orden 9066 aprobada en 1942, se dio luz verde para el internamiento de 100 mil japoneses-norteamericanos en campos de concentración lejos de la costa oeste de los Estados Unidos, todo en nombre de la seguridad nacional.  Esta novela, la del encierro, narra la historia de una mujer y sus dos hijos en Topaz (Utah) donde son forzados a vivir por tres años y medio, los últimos años de la Segunda Guerra Mundial. En otro momento, el padre ha sido inmediatamente arrestado después del bombardeo japonés a Pearl Harbor y llevado a un  campo especial para enemigos en Nuevo México. (En la foto de abajo, en Pasadena-California, japoneses esperan el tren que los llevará al campo de concentración).

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De esta manera, Otsuka va narrando, en 150 páginas, el terrible encarcelamiento de los japoneses norteamericanos, su encierro así como las prohibiciones con las que tienen que aprender a vivir. “No Japs Allowed” se leen en algunos restaurantes, los nombres de los espacios son rebautizados (de “Jardín Japonés del Té” “Jardín Oriental del Té”, por ejemplo), sus identidades borradas “‘Y si alguien pregunta, ustedes son chinos’” (75). Una novela donde la autora reafirma la no identidad de sus personajes: ninguno de los protagonistas principales posee un nombre.

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Así, el narrador inicial con el que se construye el relato, ese “ella”, va dando paso al “nosotros” y al “ellos” que el texto contrapone entre los japoneses y los norteamericanos. Es aquí donde reside la fuerza de la novela: en breves oraciones, Otsuka nos narra la extraña y terrible situación a la que se ven enfrentados los japoneses durante la Segunda Guerra: su viaje en tren a los nuevos campos de confinamiento, las nuevas leyes, la negación de su identidad, y después de la guerra, el regreso a casa y a una vida donde la identidad ha sido robada y quebrada, donde nadie quiere saber lo que han sufrido estas personas. Lo único que queda para estos ex-prisioneros es tratar de pasar desapercibidos, dejar de ser japoneses e integrarse a lo “americano”:

“Si nos equivocábamos, nos asegurábamos de pedir disculpas (perdóneme por mirarlo, perdóneme por sentarme aquí, perdóneme por regresar). Si hacíamos algo terriblemente equivocado, inmediatamente decíamos que lo lamentábamos (lamento haber tocado tu brazo, no quise hacerlo, fue un accidente, no lo vi descansando ahí… nunca te tocaré de nuevo, lo prometo, lo juro…)” (123).

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Diez años después, Julie Otsuka publica su segunda novela, y suerte de precuela, “The Buddha in the Attic”. Más dueña de su pluma, Ostuka emprende una historia más compleja e igual de terrible: la de las “novias de la foto”, mujeres japonesas que llegaban en barcos a la costa Oeste de los Estados Unidos. Su viaje era el viaje de un sueño: lo dejaban todo (o nada) porque iban a casarse con hombres (norteamericanos o japoneses), a los que nunca en su vida han visto y así empezar una nueva vida en el nuevo mundo.

“En el barco, la mayoría éramos vírgenes”.

Con estas palabras, se inicia este viaje. Otsuka reconstruye ese “nosotras”, jovencitas en promedio de catorce años, de condición económica pobre, que van llegando a San Francisco, en un barco donde se transportan sus pocas pertenencias, algunas fotos, unas cuantas ropas, los consejos de las madres y también sus sueños, sus deseos y anhelos: “[…] estábamos seguras de que seríamos buenas esposas. Sabíamos cómo servir el té y arreglar las flores, y sentarnos quietamente sobre nuestros pies planos y quedarnos sin decir absolutamente nada importante por horas” (6).

En ocho breves capítulos (“Vengan, japonesas”, “La primera noche”, “Los blancos” “Bebés” “Los niños” “Traidores” “Último día” “Desaparición”) y con gran maestría, Otsuka recorre las historias de estas mujeres en la primera mitad del siglo XX, desde su llegada en las primeras décadas del siglo XX hasta su encarcelamiento en los campos de concentración aprobados por el gobierno de Roosevelt durante la Segunda Guerra Mundial. Así con la elegancia de las frases cortas, más cerca del registro poético, Otsuka nos muestra cómo muchos de los sueños de estas mujeres no se convierten en realidad. Sus esposos no son los grandes millonarios que ellas creían, no son dueños de grandes empresas (en realidad trabajan en las plantaciones), algunos tampoco son amables e incluso algunos estaban ya casados. Entre el dolor y la ternura, entre la candidez y la crueldad, vamos conociendo las historias de estas mujeres, migrantes que han llegado a un lugar desconocido del que conocen casi nada pero que aprenderán que no hay viaje que no sea adverso:

“Dimos a luz bajo los robles, en el verano […], dimos a luz en pueblos donde ningún doctor nos atendería […], dimos a luz silenciosamente, como nuestras madres, sin llorar ni quejarnos, […] dimos a luz secretamente, a un niño que no era de nuestro esposo, […] dimos a luz en el año del Mono, […] en el año del Perro y del Dragón, […] dimos luz a Masaji que vino tarde en nuestros cuarentas, cuando ya habíamos perdido toda esperanza de tener un heredero, […] dimos a luz pero nuestro hijo había nacido muerto en nuestro útero y lo enterramos, desnudo, en los campos, al lado del río, pero nos habíamos mudado tantas veces que ya no podíamos recordar donde estaba” (55-60).

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Entre 1908 y 1920, al menos 10 mil mujeres llegaron a las costas de los Estados Unidos, confiadas en que las fotos que tenían de sus futuros esposos eran reales y que podían establecerse en EEUU para construir sus sueños. En los primeros cincuenta años del siglo XX, tendrían que verse enfrentadas a la adversidad de la vida, a la vida en el campo, al amor y a la crueldad de sus esposos, a la bendición de sus hijos, a la discriminación por ser asiáticos, al encierro durante la segunda guerra. En estas dos novelas, Julie Otsuka reconstruye la historia de los japoneses inmigrantes y sus historias y las comprime en dos breves libros que iluminan la historia de los Estados Unidos, ese país por esencia de inmigrantes. Ambos libros presentan los dilemas de los inmigrantes una vez dentro del país que los ha recibido. Podemos relacionar la historia de las mujeres japonesas de la foto con la larga lista de inmigrantes  llegados a los EEUU: italianos, irlandeses, africanos, árabes, chinos y, por supuesto, los latinoamericanos.

La primera pregunta que me viene a la cabeza es ¿cuánto ha cambiado EEUU desde esa época? Pues aunque algunos inclinen la balanza por lo positivo, personalmente lo cuestiono. Sólo en el primer mandato del presidente Barack Obama se han deportado a un millón y medio de latinos. Si bien existe toda una propuesta que busca incorporar a los inmigrantes latinos (muchos de ellos ilegales), la otra cara de la moneda son los lugares de detención que existen en el país, los problemas al interior de ella (como se puede apreciar en el documental Lost in Detention de la periodista María Hinojosa), y finalmente su deportación. Si bien las novelas de Otsuka se refieren en particular a la historia de los japoneses en los EEUU, nos llama a reflexionar sobre los procesos migratorios al país del norte y de la forma cómo se han incorporado distintas culturas al discurso norteamericano. Quizás sólo después de leer y entender estas historias podamos comprender mejor los sueños pero también las penurias de los inmigrantes.

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