De otras formas

El otro día apareció la noticia de dos profesores de literatura rusos que luego de una álgida discusión sobre cuál era la verdadera literatura (uno de ellos dijo que sólo era la prosa) terminó en asesinato. Por supuesto, la noticia rebotó en las redes sociales por graciosa, simpática, trágica, risible y un largo etc. Sin ánimo de armar un debate sobre el tema pues es una discusión un poco sin sentido (lo que no significa que el asesinato no lo tenga), sí me gustaría detenerme en otro asunto: en un grupo de libros que no son estrictamente novelas o cuentos o poemarios. Es decir, aquellos textos que van a caballo entre, al menos, dos registros; registros que en lo personal, me parecen de los más normales teniendo en cuenta que la realidad es esa frontera entre la estructurada ficción (o ficcionalizada estructura) y la siempre íntima y silenciosa poesía.

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¿Pero por dónde empezar? Yo mismo no tengo ni idea. Rara vez pretendo ordenar mis lecturas. Muchas veces leo sin pensarlo mucho (a menos claro que tenga que hacer un artículo de investigación o una tesis, ¡e incluso ahí!). En todo caso, el primer libro que se me viene a la cabeza es uno que leí allá por el lejano 2002. Las ciudades invisibles (1972) de Ítalo Calvino. En esta nueva versión de El millón, el libro de viajes de Marco Polo, se narra una vez mas el encuentro entre el viajero y explorador italiano y el emperador mongol Kublai Khan. Dividido en nueve capítulos, Polo va contándole al emperador de todas aquellas ciudades que ha conocido en sus viajes (55 en el libro). Así al interior de cada capítulo se nos presentan títulos sugerentes referidos a las ciudades que el mercader veneciano presenta: Las ciudades y los sueños, Las ciudades y los deseos, Las ciudades y la memoria, Las ciudades y los signos, Las ciudades y el nombre, etc. Estos títulos se repiten varias veces a pesar de que se refieren a ciudades diferentes, ciudades que, por cierto, siempre poseen nombre de mujer: Diomira, Isidora, Dorotea, Anastasia, Zoe, Baucis, Esmeralda, Adelma, Olivia, Isaura, etc. Difícil es decir que el texto se arma como una novela (o un cuento), pues lo que Calvino intenta hacer es justamente deshacerse de la estructura que arma una ficción donde todo encaja perfectamente sin aporías. El fin es centrarnos en esas urbes-textos que funcionan como pequeños poemas, espejismos de ciudades, reflejos de nuestra conciencia por armar un todo uniforme pues cada una de ellas “es una sucesión en el tiempo de ciudades diferentes, alternadamente justas e injustas”. El viaje por cada una de ellas nos irá revelando que todas se contienen, se multiplican, se vuelven presencia y ausencia en nuestra memoria.

La vuelta al día en ochenta mundos

Dos libros que no necesitan presentación son La vuelta al día en ochenta mundos (1967) y Último Round (1969) del argentino Julio Cortázar. Podría decirse que son libros con múltiples ensayos sobre temas eclécticos: la escritura literaria, la poesía de José Lezama Lima, la música jazz, sobre el tema de lo fantástico, el del doble, el problema de lo argentino, la vanguardia europea, la experiencia francesa, el absurdo del lenguaje, de la poética del cuento, de la narratividad del poema, de Mayo del 68, y por supuesto algunos cuentos salpicados de varios de sus poemas. Por supuesto que lo son. Y sin embargo, habría que anotar que la preocupación de Cortázar es la desarmar alguna suerte de estructura causal con la que se arma un libro. Otra vez, un libro no es un aparato hermético, perfecto por donde se mira, sino todo lo contrario: una puerta hacia el viaje, hacia otros mundos, a la alteridad que se vive en el día a día en la calle y dentro de nosotros. Seguramente existe una explicación ⎯un por qué⎯ a las experiencias que vivimos, pero para Cortázar eso no es importante. Esto no significa, sin embargo, que no andemos a la búsqueda de razones a la existencia y a la experiencia, pero para el argentino la experiencia es múltiple, temporal y espacialmente intrincada y a la cual es difícil hallar una explicación única. Sólo por poner un ejemplo: ¿qué significa realmente encontrarse con su doble? ¿Significa la muerte de uno? ¿Implica la usurpación de nuestra identidad por nuestro gemelo? ¿Es sólo un juego inocuo? La respuesta es…    justamente esa.

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Para Cortázar la prosa y la poesía tienen ritmos diferentes cuyos mundos no son extraños uno al otro: “Dentro de mis novelas hay largos capítulos que cumplen un movimiento de poema aunque no entren en la categoría ortodoxa de la poesía. El funcionamiento se hace por analogía; hay un sistema de imágenes y de metáforas y de símbolos y, en definitiva, la estructura de un poema.” Lo que hacen estos dos libros es eso: unir lo que nos han enseñado que debe estar separado.

Alejándome un poco de tanta “narratividad”, recuerdo los aforismos de Franz Kafka. Los aforismos de Zürau es el nombre con el que se han publicado hace poco. El nombre que le dio Max Brod, aquel amigo encargado de quemar la obra del checo, fue Reflexiones sobre el Pecado, el Sufrimiento, la Esperanza y el Camino Verdadero. Estos 109 aforismos fueron extraídos de sus libros de notas y apuntes llamado Cuadernos en Octavo. Estos aforismos fueron escritos entre 1917 y 1918 en Zürau en la República Checa mientras se recuperaba de una enfermedad (la tuberculosis). Aquí unos cuantos:

“El camino verdadero transcurre sobre una cuerda que no ha sido tendida en las alturas, sino apenas a escasa distancia del suelo. Parece haber sido dispuesta para tropezar antes que para que pasar sobre ella”.

“Todos los errores humanos son fruto de la impaciencia, de una ruptura precipitada del método, de la aparente aprehensión de una realidad aparente”.

“A partir de cierto punto no hay retorno. Este es el punto que hay que alcanzar”

“El poseer no existe, existe solamente el ser: ese ser que aspira hasta el último aliento, hasta la asfixia”.

“En un tiempo no podía comprender porqué no recibía respuesta a mi pregunta, hoy no puedo comprender como pude estar engañado hasta el extremo de preguntar. Pero no es que me engañase, preguntaba solamente”.

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En los aforismos de Kafka se encierra toda su literatura. Pareciera, también, que de ella no hubiera escape. En su contradicción se esconde alguna verdad terrible de la que no hay escapatoria. A diferencia de Cortázar o de Calvino, para Kafka la literatura no es tanto una posibilidad como un falso camino al que hay que dirigirse para llegar a un punto muerto. De ahí que buena parte de sus escritos, sino toda, sean fragmentos, diarios, obras incompletas e inacabadas que el escritor prefiere abandonar. Leer a Kafka supone enfrentarse, más que deleitarse, a los límites de lo literario y al de la vida.

Existen más textos a los que podría seguir refiriéndome en este post. Sin embargo, los dejaré para una próxima oportunidad. Y claro, ya que todo el mes de enero se lo he dedicado a la narrativa, no estaría mal que el mes de febrero sea íntegramente sobre la poesía, ese íntimo espacio del ser.

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