Lo que dijo el fuego (cuento)

Hice que los mortales dejaran de pensar en la muerte
antes de tiempo
(Prometeo encadenado)

por Carlos Villacorta G.

Cuento publicado en  Crítica. Revista Cultural de la Universidad de Puebla N0 157.

1

Aliaksei Paulikovich buscó con la mirada la estatua en el centro de la ciudad. No la encontró porque los soldados la habían retirado y se la habían llevado a la planta. Cuando alzó la cabeza, sólo pudo ver el alto del edificio donde habían estado la noche anterior su nieta y otros niños mirando las luces a lo lejos. Eran como fuegos artificiales adelantando la celebración del 1 de mayo, pero con un resplandor diferente. Miles de soldados iban amontonando a la gente en la plaza central. “No recojan nada. Sólo súbanse a los vehículos. No toquen nada, no coman nada, no beban nada”. El viejo Aliaksei trepó al camión con Anya y Natashenka y toda la familia Filatova. “Abuelo. No me gusta la leche. ¿Por qué nos dan tanta?” “La leche hará que tengas huesos fuertes hija.” La niña sonrió pero, al volver la mirada sobre la taza, la leche le siguió pareciendo desagradable, sobre todo porque se había formado una gruesa capa de nata que le provocaba náuseas. La noche anterior, la oscuridad había dado paso a una capa gruesa de luz que en sus bordes decoloraba en distintas tonalidades. “¿Y ése?” “Ése es un rojo muy encendido, como el del uniforme de papá.” “¿Y ése?” “Ése, hija, es el azul que usa Natashenka cuando va a trabajar.” “¿Y ése?” Un verde luchaba hasta lo último antes de confundirse con un magenta y un cerúlea que sólo había visto en las costas del mediterráneo cuando joven. Las casas, todas blanquísimas por la luz de la planta parecían de repente haber envejecido. Sin que nadie se diera cuenta, Anya se dio la vuelta y vació la taza de leche sobre una piedras. Esa noche, mientras el camión recorría la carretera rumbo a Kiev, se acercó a una de las ventanas y vio cómo las luces en el cielo, que habían durado todo el día, se iban apagando hasta que se instaló nuevamente la oscuridad. Entonces, sintió unas gotas cayendo ante sus grandes ojos. Había comenzado la lluvia.

2

Natashenka casi no almorzaba ni desayunaba en la casa. El paradero de su esposo se había vuelto un secreto de estado. Aunque recorrió varios de los hospitales de Kiev donde los heridos del incendio habían sido llevados, Varenska no apareció. Aliaksei no podía ayudarla porque llevaba a Anya todos los días al hospital luego de las clases. “Abuelo”, sonrió la niña. “Más fuerte”. El anciano se acercó a su espalda y la empujó suavemente esperando que el columpio la pudiera elevar un poco más. Extrañaba ver flotar el pelo de su nieta por el aire.

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Ese tarde de otoño emprendió el viaje de regreso. Echada sobre la cama, Natashenka sólo atinó a abrazarlo. “Llévate esto por favor”. Aliaksei miró la vieja foto un breve instante y la guardó en su bolsillo. Ese día, Aliaksei Paulikovich tomó el autobús más cercano a uno de los puntos de chequeo a 85 kilómetros de Pripyat. “¿Adónde vas viejo?” Aliaksei los miró pero no respondió. “¿Adónde vas viejo? ¿Acaso no sabes que esta zona está contaminada, que está prohibido el paso?”. Aliaksei no se inmutó. “Déjalo. Si quiere morir, será su problema”. “Pobre viejo”. “Ten cuidado con los monstruos”. Mientras se alejaba del puesto de vigilancia, escuchó las risas de los guardias. Rodeó unos obstáculos en medio de la pista y se encontró con la estatua de un huevo blanco en la entrada a la carretera que llevaba a la zona. Aliaksei lo miró como si fuese una lápida sin nombre. Sacó el mapa del bolsillo de sus pantalones. La distancia que le esperaba era muy extensa y no estaba seguro de poder llegar a la ciudad. Había puesto comida y agua en su mochila para pocos días, tres, tal vez cuatro, hasta que pudiera encontrar algún lugar donde alimentarse. “A los setenta años no importa”, se dijo, “siempre hay un pueblo cercano”. Aliaksei miró a lo lejos la maleza de la zona, desierta del rostro de los hombres. Kilómetros más, kilómetros menos, pensó. Cuando recogió algunos pedazos de madera, no pudo distinguir el olor húmedo de los árboles. Los guardó en su mochila y siguió caminando.

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Cerca al anochecer, Natashenka llegó más silenciosa que otras veces a la nueva casa que el gobierno les había otorgado. Fue ese mismo día que Gorbachov habló por televisión: “Buenas tardes camaradas. Todos saben que ha habido un desafortunado evento… el accidente en la planta nuclear de Chernobyl.” Natashenka se sentó a la mesa junto con Aliaksei. “Esto ha afectado dolorosamente a la población soviética y escandalizado a la comunidad internacional.” “Papá. Un soldado me dijo que los muertos de la explosión están enterrados en el cementerio de la ciudad.” “Por primera vez, enfrentamos la fuerza real de la energía nuclear fuera de control.” “Que por razones de seguridad ya no fueron trasladados a ningún hospital”. El viejo la miró pero no podía escuchar sus palabras porque, entremezcladas con las del televisor, eran sólo un ruido, un murmullo ininteligible, un hueco sordo que Aliaksei no podía descifrar.

5

El camión militar los llevó a Kiev. Los días que duró el viaje, Anya estuvo llorando por la comezón que sentía en su cuerpo, especialmente en toda su cara. Natashenka también la sentía. Sin embargo, prefirió callarse para no llamar la atención de su hija. “¿Dónde crees que esté Varenska?” Aliaksei buscó un pañuelo para limpiarse el sudor de la frente. “No sé, hija.” “¿Tú crees que los Filatova sepan algo?”, susurró Natashenka. “Lo dudo”. Zhulka Filatova, esquinada en el camión, no había pronunciado palabra desde que la subieron junto con sus tres hijos ese lunes. Su esposo, uno de los bomberos de la Estación Principal, fue a apagar el incendio que se produjo el día anterior cerca de las once de la noche en la planta. Aunque no se encontraba en la estación, una llamada telefónica lo levantó de la cama. Zhulka lo esperaría despierta. Eso fue lo último que le dijo antes de verlo salir por la puerta de la casa. Lo que siguió fue la angustia. Los ojos cansados, los brazos recogidos sobre la mesa esperando un golpe a la puerta, una llamada telefónica. Todo se iba volviendo silencio y luces en el cielo mientras avanzaba la noche. Al otro día, el amanecer tardó en llegar. Una nube oscura cubría a lo lejos la planta. Las radios dejaron de transmitir todo el lunes. Zhulka no quiso enviar a sus hijos al colegio esa mañana. Mientras que Zoya no regresase, ella no los dejaría solos ni un instante. Pero cuando los militares llegaron a Pripyat la mañana del lunes, Zhulka confirmó su temor. Ese incendio no fue como otros. Era sólo cuestión de tiempo para que dieran la orden de evacuar la ciudad. Dejarlo todo. ¿Cómo dejarlo todo si eso era lo único que tenían? ¿Adónde iban a ir? ¿Y Zoya? Nadie quiso responder por el paradero de su esposo. Un soldado le dijo que muchos de los bomberos habían sufrido quemaduras y que por eso fueron transferidos a un hospital lejos de la ciudad. No pudo averiguar más porque la ciudad era un caos. Estaban sacando a todos de sus casas, de los edificios, las tiendas, los lugares de trabajo. Un tumulto de gente alrededor de la plaza. “Saquen a los niños del parque de diversiones”, gritó un oficial del Partido. Helicópteros y camiones empezaron a llegar a Pripyat. Nadie recogió ninguna pertenencia. Los soldados no lo hubieran permitido. Tal vez alguien cogió algunas fotos, un peine o alguna carta.

Ese día, dirigiéndose a Kiev, en lo único que se podía pensar era en lo que se dejaba atrás. Ropa, fotos, juguetes, los animales, comida, amigos. Sin nada de eso, sólo con lo que llevaban puestos habían partido a otra ciudad sin saber por qué. Natashenka miró fijamente a Zhulka pero ninguna se dijo nada. En la oscuridad, la lluvia era la única que se dejaba escuchar.

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Había oído mucho sobre la zona muerta. Esas historias terribles sobre la mutación. El efecto de los rayos sobre la vida en cualquier zona. De la cantidad de muertos que dejó la explosión esa noche y del sinnúmero que le seguiría a todo aquel que se acercase a la planta. Mientras se internaba en la zona, las palabras de Iván le vinieron a la mente. “¿Sabes lo que le hicieron a mi hijo? Cada quince días tenía que subir a un alto sobre la planta para colocar una nueva bandera del Partido porque la radiación había desecho la anterior” musitó su amigo serenamente. “¿Quién sabe dónde estará ahora?” Iván salió de Igovka cuando supo de la explosión en la planta. También se dirigió a Kiev porque la mayoría de los heridos estaban ahí. Pero como muchos, tampoco pudo encontrar a su hijo. Otro joven, el hijo de los Legasov, Yuri, había sido enjuiciado y sentenciado a una pena de 20 años de cárcel. Yuri nunca sería liberado porque en dos semanas moriría en Moscú.

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Al llegar al hospital de Kiev, Anya, Natashenka y Aliaksei fueron bañados una vez más. También les obligaron a afeitarse todos los pelos del cuerpo: la cabeza, los brazos, las piernas, el sexo. Se mudaron nuevamente de ropa. Aliaksei trató de ponerse unos pantalones dos tallas más pequeñas a sabiendas de que usarlos no tenía sentido. Anya seguía quejándose de la comezón y esas manchas rojas que le habían salido en la cara. A pesar de que los doctores les dijeron que estas irían desapareciendo con el tiempo, eso nunca sucedió. Días después, cuando por fin abandonaron el hospital, el anciano fue el primero en dirigirse a comprar un periódico en busca de información. A algún lugar tendrían que haber llevado a su hijo. Cuando Aliaksei buscó noticias en el periódico el día después de llegar a Pripyat, ni un sólo diario daba información al respecto. En la biblioteca, todos los libros acerca de la energía nuclear o de la radiación habían sido removidos, manojos de páginas arrancados y en su lugar, estantes huecos sin nada que decir.

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Pripyat no era como otras ciudades cerca de Moscú, mucho menos como Kiev. La vida era menos agitada ahí. Años antes, la ciudad había sido un lugar tranquilo para vivir. El régimen la había modelado con los lemas de la revolución. Todas las casas iban a ser construidas de la misma manera. La misma cantidad de espacio, el mismo número de cuartos, la misma altura. También habría un colegio muy cercano para los niños de los obreros, un centro de comercio equidistante de las casas y de los edificios de departamentos. El campo era parte de la misma ciudad. A lo largo de décadas, el régimen había podido integrar ambos. Las granjas no eran un mundo lejano sino que abastecían de comida a los habitantes. Aliaksei siempre desconfió del régimen pero no podía negar que las cosas habían mejorado sobre todo desde el 78, cuando se inauguró la planta.

Llamaron a muchos de los jóvenes a participar de ella, pero él no lo era más. Ahora tenía un hijo y una hija que le habían dado una nieta de grandes ojos. Pero a Varenska le pareció una gran oportunidad trabajar en la nueva planta. Alaiksei presintió que su familia no volvería a ser la misma desde ese momento. Entonces se sabía poco o nada de Hiroshima. Alaiksei recordó a los soldados con máscaras el día de la evacuación. ¿Radiación? ¿Qué era eso? ¿Dónde estaba? Desde que la planta se construyó, la ganadería y la agricultura se incentivaron en la ciudad. Incluso el comercio se estableció con muchas ciudades cercanas, entre ellas Kiev a ciento treinta kilómetros de la ciudad. Anya estaba contenta porque el manzano del jardín había crecido lo suficiente para que pudiera trepar sobre él. ¿Acaso todo eso no llegó con la planta?

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La noche lo sorprendió en un lugar sin nombre. Una pequeña casa se alzaba a pocos metros. Entró en ella y ahí se protegió de la baja temperatura. Al siguiente día, cuando las primeras luces lo despertaron, recorrió la casa. Los platos, los cubiertos, algunas tazas corroídas y llenas de polvo adornaban el centro de una mesa de madera. En el dormitorio, un viejo vestido antes rojo ahora decolorado por la luz del sol, se confundía con el color a tierra que impregnaba toda la habitación. El anciano miró desde la ventana el jardín abandonado que se mezclaba con el bosque. Aliaksei salió de la casa y reemprendió el viaje. “Estas eran tierras buenas”, pensó callando. “Nadezhda solía vivir por estas zonas. Pero Nadezhda ya no debe de vivir en estas zonas”.

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Una suave brisa lo hizo descansar cerca de la media tarde. Mientras más se adentraba en la zona, más era el silencio el que lo cubría. Sólo cuando un ave se estrelló contra un árbol cercano, la mudez del bosque se hizo trizas. Alaiksei se acercó a ella y la tomó entre sus manos. Aún temblaba con el cuello roto. De repente, el viejo soltó el ave con una expresión de terror. Estaba ciega.

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“Abuelo” me dijo “¿El fuego se llevó a papá?”

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Natashenka lo tomó de la mano. “Por favor.” Pero Aliaksei estaba cansado. Habían pasado tres años desde la explosión de la planta y Varenska no había aparecido. “Los guardias no te dejarán pasar. La zona está muerta. No te puedes ir papá.” El anciano miró al lado de la cama la noticia de los periódicos. El gobierno soviético detenía la construcción de las unidades cuarta y quinta de la planta. “¿Sabes lo que significa volver ahí?” Su frente arrugada mostraba todavía algunas manchas rojas. Las mismas que a Anya nunca se le quitaron. “¿Sabes lo que significa?” murmuró. Fue entonces cuando Natashenka rompió a llorar.

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“En este árbol los nazis colgaban a los del partido, luego nosotros colgamos a los nazis. ¿Sabes lo que cuesta colgar a un hombre de un árbol y dejarlo ahí como ejemplo por más de una semana? Ahora este árbol está seco, si pudiera hablar qué otras cosas podría contarte.” Alexander Kravtsov se sumergió en sí mismo cruzando los brazos. Así por lo menos lo recordaba Aliaksei, como un viejo con una sonrisa lo suficientemente grande como para mostrar toda su dentadura, como un viejo que, por lo que sabía, no había dejado Kiev, ni cuando llegaron los alemanes y cercaron la ciudad y mataron a más de medio millón de soldados rusos, y sólo se mudó a Pripyat cuando construyeron la planta y la bautizaron con el nombre de Central Eléctrica Nuclear Lenin, de ahí nunca se fue, mucho menos cuando evacuaron la zona. Sobre su casa descascarada, el árbol de chernobyl había crecido devastándolo todo. Ramas como manos se iban bifurcando desde el bosque rojizo arremetiendo contra paredes y ventanas. Rodeando la casa, encontró el pozo que juntos habían hecho más de veinte años atrás. Aliaksei se agachó y tomó agua con lo poco que sus manos podían recoger. Llenó la cantimplora y se volvió para ver el bosque de chernobyls, ese árbol que lo rodeaba todo. Ese color verduzco había desaparecido y ahora uno irreconocible yacía por todas partes. “Ajenjo por todas nuestras casas” se dijo. “Así se iba a acabar el mundo.”

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“¿Qué busca aquí?”, preguntó la vieja. “A mi hijo. ¿Y tú quién eres?” La vieja sintió frío y cubrió lo poco de su cuerpo con un pedazo de tela con lo parecía haber sido una blusa. “Yo solía vivir en una de estas cabañas con mis dos hermanas. Pero esa no es la pregunta que quisiera hacerme, ¿no?” Aliaksei la miró confundido. Llevaba muchas horas caminando y ya no le quedaba mucha comida. La ciudad no debería estar muy lejos pero no estaba seguro porque la vegetación le había cambiado sus recuerdos. “¿Está muy lejos Pripyat?” “No. Unas cuantas horas en esa dirección”. La vieja se apoyó sobre su bastón de madera y continuó: “No hay nadie en esa ciudad, ¿sabe?. Las pocas personas que vivían por aquí se fueron al otro lado del río, lejos de la ciudad y de la planta. No quieren ver a nadie y no quieren que nadie los vea.” Se rascó las llagas de los brazos y se acomodó los pocos pelos que le quedaban sobre la cabeza. “Su hijo se incendió, ¿sabe? Y volvió a la naturaleza. Ese es el destino de todos los hombres.” “¿Conoce a mi hijo?” “No, pero conozco a aquellos que buscan. Y le aseguro viejo, que ahí sólo encontrará el fuego y ninguna sombra de su hijo.” Aliaksei retrocedió y empezó a alejarse de la vieja cada vez con más rapidez. “No habrá nadie viejo. No hay manera de salvar a su hijo. Pero yo le seguiré aquí esperando.” Aliaksei se alejó y comenzó a correr lo más que pudo hasta dejar atrás a la vieja. Entonces, oculto por las ramas, divisó en el horizonte un edificio oscurecido por las últimas luces del día.

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EL PARTIDO DE LENIN NOS GUIARA AL TRIUNFO DEL COMUNISMO le dio la bienvenida a Pripyat. Siguió caminando por la avenida hasta llegar al viejo colegio de su hija, de su nieta. Las puertas abiertas lo recibieron sin anunciar de su presencia a nadie. Se acercó con cuidado pues la vegetación había empezado a crecer alrededor de las ventanas, por los techos, habían roto el piso y trepado por las paredes. Era un bosque que desesperado se arrastraba desde la nada hacia el interior del colegio. La pizarra sucia le insinuó que escribiera sobre ella alguna palabra pero Aliaksei sintió miedo. En esa ciudad, no se escuchaba nada. El silencio lo rodeaba sin dar rastros. Se metía por la ventana como un animal ciego, estrellándose contra todo lo que encontraba: muebles, muros, sillas, mapas, hasta que alcanzó el cuerpo de Aliaksei. Entonces, se metió por su piel y retumbó contra su corazón. Fue lo único que pudo escuchar en ese cuarto.

Contuvo la respiración y luego exhaló para escuchar algo en la avenida. Siguió avanzando por las calles abandonadas, el centro de comercio desierto. Ninguna calle poseía ya nombre, la radiación se los había llevado. El silencio se hacía más profundo mientras más se acercaba al parque de diversiones. Ahí, también los fierros retorcidos se confundían con la maleza que crecía por todas partes atropellándose. A pocos metros, la rueda del diablo, ese armatoste detenido en el tiempo, se alzaba sin darle más explicaciones. El color amarillo de los compartimientos aún se lograba distinguir si detenía fijamente la mirada. Se acordó de Anya y de las innumerables veces que subieron a la rueda. Aunque a Aliaksei le daba vértigo mirar desde arriba, su nieta gritaba riendo cada vez que su carrito llegaba hasta el punto más alto. Desde ahí se podía ver toda la ciudad y a lo lejos la planta. Se acercó a los controles para tratar de hacer funcionar el armatoste de metal, pero fue inútil. Aliaksei volvió a mirarlo quieto, silencioso. Esperando que viniera alguna ráfaga de viento que se lo llevase al olvido. Entonces, sintió sobre su cabeza los primeros copos del invierno.

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La nevada se había llevado la sensación de frío. Pero Aliaksei no se esperaba la llegada del invierno tan temprano. Sentado en el parque de diversiones, vio cómo la nieve se iba apoderando de la ciudad, entraba por los huecos de los techos de las ventanas y se depositaba lentamente sobre la maleza. A lo lejos la vieja construcción de ladrillo y cemento, la planta nuclear, se levantaba hermética y eterna sobre la ciudad. Sólo la nieve seguía cayendo sobre ella sin pedirle permiso. Entonces, Aliaksei creyó ver a lo lejos la silueta de un hombre llevando algo entre las manos. El anciano comenzó a caminar y a llamar al hombre. Pero este no le hizo caso. Aliaksei corrió más de prisa y se percató de que el hombre no se movía. Al llegar frente a él se detuvo. Ya no pudo escuchar sus latidos, sólo la nieve que caía perpetua sobre la zona. Enfrente de la planta nuclear, la estatua absorta mirando el fuego entre sus manos permanecía callada. Inmóvil, reconoció la figura de Prometeo. Aliaksei había llegado a casa.

Nueva York, marzo del 2013

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