El ombligo en el adobe. Asedios a José Watanabe. Maribel de Paz.
Lima: Grupo Editorial Mesa Redonda. 2010.
270 pp.

Han pasado 7 años desde la muerte del poeta peruano José Watanabe. Recuerdo que la noticia me llegó mientras todavía completaba mi doctorado en la Universidad de Boston. Watanabe, a quien había leído en mis años universitarios y a quien tuve el placer de conocer y poder conversar en el tercer piso de su casa de San Miguel, había fallecido por culpa del cáncer. En los años noventas,  éramos vecinos pues yo vivía a unas cuantas cuadras de él cerca de la avenida Universitaria. Recuerdo también que, en esa época (finales de los noventas), muchos poetas vivían en San Miguel, no muy lejos del malecón donde se podía (podíamos) ir a mirar la inmensidad del Océano Pacífico, desaparecer en la neblina invernal que todo lo disolvía, sentarse y mirar desde un tercer piso las infinitas puestas de sol que nos ofrecía el barrio de San Miguel.

Watanabe

Desde su fallecimiento el 25 de abril del 2007, pocas veces me he vuelto a acercar a los libros del poeta. Distintas ocupaciones lo tienen a uno siempre distraído en asuntos quizás más triviales. Por eso, en estos días de verano del 2014, que regreso a mi investigación sobre la poesía peruana, es grato poder encontrarme con un libro del que no sabía de su existencia. “El ombligo en el adobe. Asedios a José Watanabe”, escrito por Maribel de Paz, es una exhaustiva investigación sobre la vida del poeta de Laredo, que combina de manera equilibrada las conversaciones entre la periodista y el poeta desde 1999 hasta pocos meses antes de su muerte. Con un entrañable prólogo de Eduardo Chirinos, y dividido en 5 capítulos, Maribel Paz reconstruye la vida del escritor, el del Perú de la época, y por supuesto, la escritura poética de Watanabe.

“Me gusta estar muy atento a los lados oscuros de la condición humana. Me gusta observarlos, me gusta verlos y me gusta escribirlos. Es la búsqueda de las sabiduría, de las fisuras oscuras, de lo que está afuera de la vida normal. Porque esas fisuras nos revelan más como seres humanos.” (42)

Así, el libro es un producto de la memoria, de reconstruir una época y un sentimiento. En sus cinco capítulos, se va armando la biografía de una familia: los Watanabe, especialmente la figura del padre Harumi Watanabe quien llega a lima el 14 de septiembre de 1919 a bordo del Kyo Maru, 18 mil japoneses llegan a Perú ente 1899-1923, su viaje de Lima a Trujillo y su matrimonio con Paula Varas, la llegada de la Segunda Guerra Mundial y los infortunios que tuvieron que vivir debido a la persecución de japoneses en el Perú. Sobre este punto, dice el poeta:

“[…] terminada la guerra, el pasado de saqueos, deportaciones y persecuciones fue asumido con una gran nobleza por nuestros padres. Ni en familia ni en ninguna de las muchas familias de origen japonés que yo he frecuentado he escuchado quejas o resentimientos. Mi padre se vio obligado a esconderse en pequeñas haciendas azucareras donde dos de mis hermanos murieron por falta de atención médica. Sin embargo, nunca escuché de parte de él una sola palabra de reproche. Nos enseñó, más bien, una generosa explicación: “Fue la guerra”, decía”. (29)

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Así mismo, se cuenta su estancia en Laredo, el Laredo que Watanabe recordaría en sus poemas muchas veces, a donde se mudaron poco después de acabada la guerra. Posteriormente, se mudan a Huanchaco porque el padre gana la lotería de Lima y Callao y poco a poco va descubriendo su amor por la poesía, inicialmente la de Pedro Salinas, juego vendría su mudanza a Lima con la idea de estudiar arquitectura y su inmersión en el mundo de los escritores de la época. Cuando conoció al escritor Oswaldo Reynoso, este le publicó un cuento “El trapiche” en el primer número de la revista Narración. Era el año de 1966. De igual manera conoce a los poetas de Estación Reunida, los de Hora Zero, y establece una gran amistad con la pintora Tilsa Tsuchiya.

El ombligo en el adobe va desovillando sin apuros una época del que todavía falta mucho por escribir. La historia del siglo XX peruano todavía parece una marcada por la bruma del cual emergen retazos de un gran lienzo. Desde la época de la llegada del padre en 1919 a la muerte del poeta en el 2007, existe todavía un vacío de conocimiento de nuestra historia nacional de la cual todavía poco se ha incorporado en la memoria colectiva.

Igualmente, podríamos decir de la poesía peruana cuya historia muestra la precariedad de su práctica en el Perú. Sobre estos dos puntos podríamos citar este pasaje del libro:

“Todos sobrevivimos, todo tratar de matar, sea salud, vocaciones, o lo que sea. Todo te impide te escribas, y si alguien escribe en este país es porque realmente es escritos, es porque realmente lo mueve algo para ir contra todos.” (202)

En un país de sobrevivientes, la poesía funciona como afirmación de la vida y de la existencia. En este sentido, la poesía de Watanabe nace siempre de la experiencia personal, de algo que se ha experimentado pero que no busca quedarse en el plano del yo sino que anhela universalizarse en la experiencia del otro, del lector. Quizás uno de sus poemas más celebrados “La piedra alada” sea más que elocuente.

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La piedra alada

EL pelícano, herido, se alejó del mar
y vino a morir
sobre esta breve piedra del desierto.
Buscó,
durante algunos días, una dignidad
para su postura final:
acabó como el bello movimiento congelado
de una danza.

Su carne todavía agónica
empezó a ser devorada por prolijas alimañas, y sus
huesos
blancos y leves
resbalaron y se dispersaron en la arena.
Extrañamente
en el lomo de la piedra persistió una de sus alas,
sus gelatinosos tendones se secaron
y se adhirieron
a la piedra
como si fuera un cuerpo.

Durante varios días
el viento marino
batió inútilmente el ala, batió sin entender
que podemos imaginar un ave, la más bella,
pero no hacerla volar.

Para quien afirmara que “Las experiencias no me pertenecen a mí solo, pero los poemas sí”, la poesía de Watanabe es ese ejercicio de diálogo con el otro:

“Yo no quiero escribir para otros poetas, pero tampoco hago una poesía fácil. El lector tiene que poner algo, o sea, si una persona no ha vivido, no ha tenido contradicciones, problemas, conflictos, no va a poder entender el poema completamente. Solo el que alguna vez pensó hacer algo y no pudo, lo entenderá”. (61)

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El libro de Maribel de Paz rescata el diálogo y la conversación entre el periodismo y la poesía, entre una parte de la historia peruana no solo desconocida sino invisible para muchos. La figura de Watanabe permite repasar la turbulenta historia del Perú, los procesos políticos que afectaron a la sociedad así como las prácticas poéticas de jóvenes creadores: “En los años setenta no queríamos ser famosos. Lo que amábamos era la poesía misma.” (233)

Por este motivo, la aparición de este libro es importante dentro del marco de la construcción poética nacional. Esa praxis que en el Perú siempre suele ser precaria y olvidada por sus ciudadanos:

“Creo que ante la vida lo único que hay que tener es una posición ética. Creo que la poesía es una ética, que hay que mantenerse sanos de cuerpo y de alma aunque parezca ingenuo decirlo.” (50)

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