El Hambre

Martín Caparrós

Editorial Planeta, 2014.

“Si usted se toma el trabajo de leer este libro, si usted se entusiasma y lo lee en –digamos– ocho horas, en ese lapso se habrán muerto de hambre unas ocho mil personas: son muchas ocho mil personas. Si usted no se toma ese trabajo esas personas se habrán muerto igual, pero usted tendrá la suerte de no haberse enterado”. Así escribe en El Hambre el cronista argentino Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), una intensa (y extensa) crónica sobre los devastadores efectos del hambre en el mundo de hoy.

Si uno revisa el Diccionario Real de la Academia española, podrá encontrar 3 definiciones del ‘hambre’: gana y necesidad de comer; escasez de alimentos básicos que causa carestía y miseria generalizada; apetito o deseo ardiente de algo. Por supuesto, un diccionario no explica el origen o causa de las ganas de comer o de la escasez de alimentos, muchos menos del deseo ardiente de algo. Incluso, para la DRAE, el hambre “causa carestía y miseria” y no al revés. Con El Hambre, Caparrós nos introduce en un viaje de poco más de 600 páginas, 7 países (Níger, Bangladesh, la India, Estados Unidos, Argentina, Sudán del Sur y Marruecos) con el fin de comprender las causas del hambre, las historias de sus protagonistas, sus terribles consecuencias, y, aventura algunas posibles soluciones.

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Martín Caparrós (foto: Alejandra López)

Buscando evitar lo que él llama una “pornografía de la miseria”, Caparrós presenta, por un lado, la historia de sus protagonistas, aquellas personas que buscan comida donde pueden, los Médicos Sin Fronteras que intentan ayudarlos, los obesos norteamericanos,  los corredores de bolsa en Chicago que especulan y juegan con los precios de los commodities alimenticios, los militares y gobernantes que manejan y se roban el dinero de las donaciones para evitar el hambre, etc.; y por otro lado, y al mismo tiempo, las razones y causas de que existan en el mundo 800 millones de personas que sufren hambre todos los días: desde la apropiación de las tierras por compañías norteamericanas, inglesas o chinas; el problema de distribución de los alimentos; la corrupción de los gobiernos locales; y por supuesto, la causa más importante, la pobreza misma.

En líneas generales, Caparrós hace un mapeo de cómo funciona el negocio de la comida en las sociedad contemporáneas, aquellos países que el argentino denomina “el OtroMundo”, países sometidos a un proceso de globalización y de capitalismo brutal donde se renegocia la relación entre los campesinos tradicionales, el gobierno de sus países y los contratos con compañías extranjeras, las que buscan hacerse del mercado de la comida desde inicios del siglo XX y cuyo momento más importante sucede en los años 60 con la llamada “Green Revolution” o “revolución verde”, es decir, el momento en que se busca un incremento de la productividad agrícola a partir de la manipulación genética y el desarrollo tecnológico. En esa situación, ingresa como protagonismo el famoso neoliberalismo económico, que implica una intervención del Estado pero no para administrar sus propias industrias sino para defender los intereses de compañías extranjeras en detrimento de sus propios campesinos. Quien se adueña de las tierras y de las semillas es dueña del hambre de los otros.

3d0c610b5ce96b39e6a4f1399329c632765c3adeAl mismo tiempo, leemos las historias de muchas familias cuyos hijos mueren de hambre, familias sin ninguna posibilidad de escapar de esa situación y donde los padres se sacrifican por dar algo de comida a sus hijos. Caparrós también señala cómo la mayoría de estas personas creen en algún dios (cristiano, musulmán u otro), en donde encuentran una explicación a su situación de lo políticamente correcto “pobreza extrema”: “Es la voluntad de Dios”. ¿Cómo entender el hambre y la pobreza? Dice Caparrós: “la pobreza más cruel, la más extrema, es la que te roba también la posibilidad de pensarte distinto”. Y para eso pone un ejemplo. En Níger, el argentino conversa con Aisha, una nigeriana de unos 30-35 años que, cuando puede, se alimenta con una bola de mijo. Le pregunta Caparrós si pudiera desear algo, qué sería:

“—Quiero una vaca que me dé mucha leche, entonces si vendo un poco de leche puedo comprar las cosas para hacer buñuelos para venderlos en el mercado y con eso más o menos me las arreglaría.

—Pero lo que te digo es que el mago te puede dar cualquier cosa, lo que le pidas.

—¿De verdad cualquier cosa?

—Sí, lo que le pidas.

—¿Dos vacas?

Me dijo en un susurro, y me explicó:

—Con dos sí que nunca más voy a tener hambre.

Era tan poco, pensé primero.

Y era tanto.”

El Hambre se plantea como un libro del fracaso, de sus imposibilidades de contar o narrar una situación que se escapa de nuestras manos, y de nuestra comprensión, así como de nuestras posibilidades de cambiar esta realidad. Y sin embargo, nos dice Caparrós, hay que intentarlo aunque todo parezca indicar que nadie se atreve a nada. “Frente a un mundo así de feo, la única estética posible es la rebeldía”, afirma casi como conclusión, pues el hambre es la consecuencia de un mundo que cada segundo se hace más injusto.

 

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